De Charlies, lapiceros y oportunistas


 

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Sobre los fundamentalismos y el ataque al semanario frances Charlie Hebdo.            

No voy a empezar con político correctismos ni disculpando mi posición con un “por si acaso” o “antes que todo, yo condeno”. En un país en donde la fanfarronería y el poserismo no soporta las ideas claras, es hora que empecemos a decir lo que es necesario que se sepa, no lo que todo el mundo quiere escuchar en un ridículo afán por ser aplaudido.

Por eso mi rechazo profundo a la forma cómo la progresía y social-difusos pretenden vendernos gato por liebre. Repudio ese sesgo moral de querer imponernos qué es lo aceptable, lo políticamente correcto. Y rechazo también esa manipulación a las ideas opuestas para deformarlas y con falacias voltearnos la tortilla. No sólo existe el fundamentalismo islámico, judío o católico. También tenemos al secular fundamentalismo progresista con su retórica pro-libertades-relativas y condicionadas. Un tipo de pensamiento dogmático que nos impone que estos “racionalistas” son los nuevos y legítimos reguladores de la moral del siglo XXI. Cínicos que pretenden implantarnos su doble moral postmodernista que exige indignarnos, marchar y hacer vigilias sin sentido, para “defender” su deformado concepto de “libertad de expresión”. Una fanatizada “libertad de expresión” en la que se ha instaurado en el colectivo que es correcto el insulto islamófobo, antisemita y/o anticatólico, pero que rotula y condena de “homofóbico” al que caricaturice ofensivamente, por ejemplo, al MHOL.

Charlie Hebdo no exponía inocentes dibujitos que representaban el grito de la libertad, como nos plantean. Retrataba corrosivas imágenes cuyo mensajes tenían una alta carga de odio y prejuicio. Mensajes que simbolizaban incordia y desprecio hacia grupos humanos. Mensajes que incitaban la violencia, el rencor, el resentimiento. Mensajes en donde el racismo y la xenofobía eran aceptables. Mensajes que de haber sido publicados en medios islámicos o alguna revista católica hubieran puesto a patalear a todo el grueso de hipócritas de esa defensa de la libertad de expresión selectiva.

Un grupo de gente que lucra con la ofensa barata, con la “sátira” racista y xenófoba, con la intolerancia, con denigrar a grupos religiosos, no puede ser elevado al púlpito de los caídos en la legítima defensa de la libertad de expresión. Critico ese fundamentalismo postmodernista que nos impone una trastocada visión de las libertades en su afán por imponer su ideología laicista. Por lo mismo, no estoy dispuesta a dejarme estafar con mártires de contrabando, con gente que hizo de la representación degradante de quienes ellos convenían, su estandarte. La defensa de la libertad de expresión no va por tener que apoyar a quienes pretenden con lápiz, papel y etiqueta de “comunicadores”, servirse de valores democráticos para humillar e incordiar el odio.

La muerte fue un pago terrible que los terroristas cobraron a 12 personas. No hay justificación alguna para quitarle la vida a nadie. Dicen que todo muerto es bueno. Pero tampoco declaremos “héroes” a quienes fueron “víctimas”. ¿Quieren un héroe? Tienen a Ahmed, el policía musulmán que murió en manos de malditos criminales, defendiendo esa ética libertina de quienes despreciaban a su religión.

Es repudiable y condenable lo ocurrido en Francia. Pero aquí no hay solo un radicalismo, tampoco una sola orilla de extremismo, hay dos: el fundamentalismo islámico llevado a la insanía, y la lunática defensa de una fanatizada y sectaria libertad de expresión llevada al paroxismo.

Por Mar Mounier (El hígado de Marita)

(Artículo publicado en el portal El Montonero el 12 – Ene – 2015)