
Autora: Mar Mounier (@elhigadodmarita)
El pasado domingo en un programa dominical, un reportaje presentó una mujer que acusaba haber sido ella y su hija, cruelmente golpeadas, “pateadas y pisadas en el suelo” por Rodrigo Riofrio, el embajador de Ecuador en el Perú.
En la crónica, presentada por el medio con descripciones tendenciosas (incluso, se llegó al extremo de hacer una dramatización de la “pateadura” para darle mayor realismo al testimonio), el incidente tomaba tintes de “cuestión de estado”, anteponiendo el hecho que las “pobres” señoras “peruanas” habían sido agredidas por un energúmeno embajador “ecuatoriano” y, que esto entonces no se podía tolerar, en la condición de “mujeres” y “peruanas” de ambas.
Pues bien, no esperaron los patrioteros, chovinistas, huachafos y metecandelas de siempre, para salir a arrancarse los cabellos ante todo medio que les fuese útil. Prensa, radio, televisión y redes sociales, fueron el caldo de cultivo perfecto para hacer leña del embajador “abusivo”. No faltó el aprovechamiento político del tema, que fue por menos vergonzante. Vimos encabezando las “airadas” protestas, a una Rosario Sasieta, -otrora acusada por una ex asesora suya que la culpó de humillaciones y abusos y, parte de esa denuncia expuso que la ahora excongresista, “defensora de los derechos de la mujer”, había obligado a esta empleada hasta a lavarle los pies- hoy, “indignadísima” exigía una “sanción ejemplar”. También vimos al alcalde de Magdalena, Francis Allison -en el pasado, ministro arrestado y acusado en USA por no declarar 50,000 dólares que previamente, habían sido escondidos entre las vestimentas de su esposa- azuzando a la masa con declaraciones tales como “debemos defender a las mujeres y sobre todo si son peruanas”.
En las redes sociales, especialmente en Facebook y Twitter, todos los “indignados” enardecidos ante este atropello “al Perú”, no cesaban en insultos racistas y xenófobos contra el embajador y toda su ascendencia y descendencia juntas. Esto, sucedía sólo en cuestión de horas en que el asunto llegó a ser trending topic en Twitter y presentado por la gran mayoría de medios de comunicación, ávidos de la noticia amarillista y sensacionalista como el “notición” de la semana. La mesa señores, estaba servida.
Pero hubo algo, en la declaración de la víctima, que llamó la atención: “Mi hija solamente le dio un “lapo” y el embajador se nos vino encima a golpes”. “Mi hija solo le dio un lapo”, un “lapo” para los menos entendidos es un cachetadón, con lo cual, quedaba claro, que la agresión no la había empezado el embajador.
Luego de observar aquello, preferí esperar a oir testimonios de testigos presenciales (que ya fueron expuestos en este blog) y a ver los videos.de la prensa. Discutamos pues esto, punto por punto:
Punto número 1:
En los videos se aprecia claramente, que en una caja, el embajador responde a algo en voz alta, y la hija y la madre se le acercan, una le lanza un cachetadón y la otra lo jala de los cabellos, lo cual, causa que el embajador, retrocediendo, en medio del jaloneo, tomara una revista que tenía en las manos para defenderse y espantarlas, como se espanta a una mosca molestosa. Dos o tres revistazos. En otro video, de las afueras, se aprecia al embajador en el jaloneo entre su acompañante y la “agraviada” dando un puntapié. No se ve una pateadura, ni arrastradas por el piso, ni insultos racistas, nada que las señoras denunciaron y los medios candeleros, en programas como “La Noche es Mía”, habían presentado.
Punto numero 2:
Dicen que el altercado no habría empezado en las cajas, en donde ambas señoras se habrían “zampado” -nuevamente- a la mala, sino el tema se originó en la sección embutidos, al pedir un jamón. Si así hubiera sido, entonces, este par de señoras, habría seguido al embajador hasta la caja, porque quién explica ¿qué hacían ambas en el mismo turno de la caja, habiendo tantas en el supermercado, si ya se había dado la discusión en la sección de embutidos?
Punto número 3:
La señora argumenta que la “pateadura” se dio afuera de la tienda. Sin embargo, los videos y testigos presenciales determinan que ambas habrían perseguido al embajador y a su acompañante hasta las afueras del establecimiento para seguir la gresca. En este punto, la hija la emprende a golpes contra la acompañante del embajador, hasta arrastrarla, es allí cuando el embajador sale en su defensa aplicando un puntapié. Siendo ellas las que iniciaron el incidente al colarse sin ningún respeto, primero a la cola de embutidos, luego, a la cola del cajero, posteriormente agrediendo al embajador y su sobrina por reclamar, luego perseguirlos hasta la calle para volver a golpearlos, esto nos hace dudar entonces de quienes fueron víctimas y quienes los agresores. Y tuvo que llegar el serenazgo de San Isidro (ojo, no de Magdalena, figuretti Allison toma nota), para que el embajador pida que lo escolten a su auto para así poder irse.
El argumento del común denominador, en defensa de ambas mujeres, dice que “debemos apoyarlas por ser mujeres y por ser peruanas”y “a la mujer no se le debe tocar ni con el pétalo de una rosa”. Bien. Cuando una persona, independientemente de su género, cruza la línea y recurre a los golpes, en el Perú, en Suiza o en la China, está, aparte de abriendo la posibilidad de reacción de la persona agredida, cometiendo un delito y es eso, desgraciadamente, en lo que la mayoría no se percata. El ser mujer no le da a nadie carta abierta para agredir a otra persona. La idea machista que se nos inculca que somos “filigranas delicadas” por ser mujeres es en definitiva discriminatoria. Por último, una es dama por mérito, ganándose a pulso el respeto y no por género.
Luego, exigir que se apoye una malcriadez y falta “porque son peruanas” es por lo demás, jalado de los pelos. Felizmente, muchos hemos logrado dejar de lado ese abstracto inútil que nos incita al patrioterismo sesgado y falaz heredado de los tiempos de la colonia, y tratado de considerar el tema observando todas las aristas. Si queremos actuar con justicia, es necesario analizar un hecho con objetividad, dejando de lado chovinismos e ideas retrógradas. Soy peruana y a mi esas señoras NO ME REPRESENTAN.
La actitud de las “agraviadas” de meterse en la cola no es nada insólito en una sociedad en donde el “nadie respeta a nadie” se ha casi institucionalizado. Eso lo podemos ver todos los días y a todas horas. Al esperar el turno en una tienda cualquiera y alguien –hombre o mujer– se “zampa” al lado, estira el brazo delante de uno que por poco se pregunta si es o no invisible, y ve que el “zampón” exige lo atiendan rápidamente sin importarle si es o no su turno. Se ve también en la calle, cuando a veces parece que uno llama un taxi para que otro lo aborde y muy campante el “zampón” se meta al auto. Se ve en el supermercado, en el cine, en la panadería, en donde sea. En nuestra cultura de “Pepe el vivo”, es la malcriadez y la majadería la que impera y prevalece. Simplemente, esta vez le tocó a un extranjero, que quizá no acostumbrado a tales actitudes, reaccionó. Y como en el Perú no se castiga la acción, sino la reacción, el tipo para la gran mayoría que asume estos abusos como “normales”, salió perdiendo.
Sobre la idea de “a un embajador no se le puede permitir semejante “reacción”: vamos a imaginar una situación de casus belli o de resolución de un conflicto bilateral que requiere de análisis y estudio de un profesional de la carrera diplomática, para manejar factores, perspectivas, causas, diagramas de causalidad, de actitudes, escaladas y etc, dentro de un determinado periodo de tiempo. No podemos comparar aquello con la reacción natural e instintiva de un ser humano (porque un embajador no es un extraterrestre) de tener que reaccionar en fracciones de segundo a un ataque físico. Ahora bien, no se defiende y en vez de eso, se condena la actitud del embajador, que fue torpe. Lo que este señor debió hacer, fue esperar que llegara la policía o serenazgo, presentar sus credenciales, y denunciar por agresión a ese par de señoras aturdidas; pero, de ninguna manera ponerse al nivel de aquellas, exponerse dando un triste espectáculo de callejón (y con las disculpas del caso a los callejoneros decentes, sí señor). Lo mínimo que se espera de un embajador, es que tenga un poco de prudencia y recato. La primera defensa se le entiende, pero afuera de la tienda, ya calmado, ¿siguió respondiendo a provocaciones? Inaceptable. En conclusión, imperdonable la acción de las “zamponas” e inexcusable la reacción del embajador. Unas por provocar, el otro por seguirles la corriente.
Ante hechos como este, dejemos de tratar de ser “políticamente correctos” y seguir el pensamiento de la masa. Que esto nos sirva para empezar a hacer uso del análisis y advertir nuestra incapacidad individual y colectiva para ver y aceptar errores. Debemos comenzar, nos guste o no, a respetar, las leyes, el turno del otro, al policía, a quien sea, porque así se conducen las personas civilizadas. Nadie está por encima de nadie, ni por género, ni por nacionalidad, ni por apariencia. Nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad en donde todo el mundo hace lo que le da la gana, pero sobre todo, en una sociedad en donde no se promueve la autocrítica concienzuda y mea culpa en donde se acepte hidalgamente que la forma errónea de conducirnos no es ya excepción sino regla, y que es necesario cambiar. El admitir que cometimos una falta no nos hace menos, por el contrario, nos ayuda a identificar un problema y lo más importante, corregirlo. Cuando esa actitud se vuelva un común denominador entre nosotros, peruanos, podremos decir, que algo hemos avanzado como sociedad y como país, tanto que nos jactamos con la frase “El Perú avanza”. Y medios, sí esos, menos peliculina, ya sabemos que es su trabajo, pero ya, dejen de jorobar.
Conclusión: Y mientras tanto, me queda claro que desde hoy, en Lima, iré al supermercado con una guía telefónica.
Nos leemos.
la hígado.




